sábado, 26 de diciembre de 2015

Una nueva oportunidad

Ella, de pronto, dejó de llorar. Ya no le encontraba sentido a las lágrimas. Antes, al menos, le ayudaban a consolarse, pero ahora, ahora, ya estaba todo perdido. Se levantó del sillón, secó sus lágrimas, le dio un beso en la frente y salió por la puerta principal de casa. Esa última imagen quedó grabada en la retina de Gabriel. 

Mientras Lucía caminaba, con lágrimas en los ojos, otra vez, repasaba mentalmente todo lo que había ocurrido que le habían hecho llegar a la situación en la que se encuentra. No se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, estaba sumida en sus pensamientos. Cada vez que recordaba, nuevas lágrimas brotaban de sus ojos enrojecidos. 

Sabía que no lo había hecho bien, pero no conseguía nada con martirizarse. Se dice que cuando falla algo en una pareja es culpa de uno, pero no tiene por qué ser así. Lucía solo sabía llorar, aunque no le servía de nada. Solo lloraba y lloraba. Gabriel se había quedado sentado en el sillón, no había ni pestañeado, tampoco se esperaba que esto fuese a pasar. 

Esta historia tiene un inicio, un porqué. Lucía ya llevaba un tiempo pensando en cómo llevar a cabo la decisión que había tomado. Lo amaba y por ello, le costaba trabajo sentarse y hablar con él. Lo amaba, pero él no se merecía algo así. Una relación está para disfrutarla y sentirla, no para ir de llanto en llanto. Él no lloraba, era Lucía quien lo hacía, siempre arrepentida. Gabriel, aunque cansado de la situación, ahí seguía para ella y eso la desquiciaba. <<¿Por qué?>>, siempre preguntaba cada vez que algo iba mal. ¿Por qué si tanto mal le hace sigue ahí para ella? Gabriel no contestaba, pero ahí seguía.

Situaciones así se habían repetido varias veces a lo largo de su último año juntos. Lucía no podía más, no podía con el sentimiento de culpa de estar haciendo infeliz a una persona. Gabriel se cansaba de repetirle que no era así, pero Lucía no lo veía. Lo que si veía era que no se merecía eso. Por eso, una tarde, aprovechando que se habían quedado solos, se decidió a hablar con él. 
-Gabriel, tenemos que hablar. 
-Oh, no. -decía Gabriel entre risas. -¡uuh!, la frase famosa.- Pero cuando vio el rostro serio de Lucía su expresión cambió. -¿Qué pasa?
-He estado pensando mucho a raíz de la última bronca. Te pido que, diga lo que diga, no me cortes y me dejes hablar. He estado pensando y he decidido que deberíamos tomarnos un tiempo. Pero un tiempo largo. Gabriel, no puedo seguir estropeando tu vida con mis tonterías de mujer. No puedo seguir haciéndote sentir mal cada vez que se me cruza un cable. Necesitas una mujer mentalmente estable, segura de sí misma y con las cosas claras. Si yo no me quiero, no puedo pretender que tú me quieras por los dos. No es bueno para ti, ni para mi. -Gabriel la miraba atónito. -No pretendo ir de víctima, ni mucho menos causarte lástima. Estoy siendo sincera contigo y conmigo, mereces un poco de estabilidad en tu vida. Por eso, te pido este tiempo, pero es un tiempo largo. Un tiempo en el que eres libre, libre de tonterías, libre de follones y enfados innecesarios, libre de vivir tu vida. -Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Lucía, mientras que Gabriel seguía sin creer lo que oía. Palabras que había oído muchas veces, pero que esta vez iban en serio. -Gabriel, sé que ya estás harto de oirme decir cosas parecidas, pero no te mereces que te las diga más. Te amo y quiero que seas feliz, pero conmigo no lo lograrás nunca. 

Entonces, estalló a llorar. Gabriel, sin inmutarse, miraba fijamente hacia la puerta. Lucía, lloraba y lloraba. Gabriel no decía nada. Ella esperaba que dijera algo. Ella, de pronto, dejó de llorar. Ya no le encontraba sentido a las lágrimas. Antes, al menos, la ayudaban a consolarse, pero ahora, ahora, ya estaba todo perdido. Perdido por su propia mano, ya que Gabriel no era culpable de nada. Se levantó del sillón, secó sus lágrimas, le dio un beso en la frente y salió por la puerta principal de casa. Es última imagen quedó grabada en la retina de Gabriel.

Gabriel salió corriendo de casa. Quería pillarla, alcanzarla y detenerla. Cuando la vio, frenó en seco. Sus lágrimas se agolparon en el borde de sus ojos. Ahí estaba, sentada en un banco, con la mirada perdida en la dirección contraria a la suya. Se acercó a ella por detrás y le tapó los ojos con sus manos. 
-Shh, soy yo. Ahora me vas a escuchar a mi -Notó como sus manos se empezaban a mojar con las gotas saladas que salían de los ojos tristes de Lucia. -No quiero en mi vida una relación perfecta, una relación de película. No quiero una mujer ideal, quiero una loca que me saque de quicio y que luego venga con ojitos intentando sacarme una sonrisa. Quiero una mujer que me cabree para poder sentirme vivo. Quiero entenderte y quiero que me entiendas. Quiero que me creas cuando te digo que soy feliz, que te quiero. Te quiero a ti y no quiero ningún tiempo. Te quiero en mi vida, Lucía. Pero, aún así, si esa es la decisión que has tomado la respetaré. Pero quiero que sepas, que te quiero. 

Gabriel apartó lentamente las manos de los ojos de Lucía, mientras que esta se giraba a la misma vez para ver la cara de Gabriel. Ambos lloraban. Lucía se levantó del banco y se acercó a él. Puso sus manos alrededor de su cintura y lo abrazó muy fuerte mientras le pedía perdón. 
-¡Lo siento, lo siento! -Repetía incansablemente.
-¡Cómo me vuelvas a decir eso, verás! -Contestaba Gabriel sonriendo, correspondiendo el abrazo de Lucía. 

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