sábado, 12 de diciembre de 2015

Capítulo 13

Susana, con lágrimas en los ojos, no podía leer con claridad. Se restregaba las pequeñas gotas saladas por la cara y parpadeaba varias veces seguidas para intentar creerse lo que estaba leyendo. Escuchó el crujir de las poleas del ascensor. Secó, corriendo, sus lágrimas, guardó los dos archivadores bajo las batas, aún sucias, de la cesta y cerró la puerta. Fue corriendo hasta la lavandería, dejó las batas sucias y puso unas limpias. Los archivadores seguían al fondo. 

Una celadora entró en la lavandería con una canasta de toallas sucias que se precipitó al suelo cuando la celadora pegó un bote al ver que había alguien en la lavandería. Pero no fue, la única. Susana también se asustó. Ninguna esperaba encontrar a nadie, además, Susana se hubiese asustado hasta con el vuelo de una mosca. 

-Chiquilla, ¡qué susto! ¿Qué haces aquí? - preguntó la celadora un tanto mosqueada al verla allí.
- Soy Susana, voluntaria en oncología. Los pequeños se han manchado las batas y  he venido a por unas limpias para la semana que viene. Me dijeron que podría hacerlo yo y así no molestaría al personal, que tenéis cosas que hacer.- Aclaraba Susana con la voz más dulce que pudo utilizar en ese momento.
-Está bien, pero no tardes. No está bien que andes sola por aquí.
-Sí, sí. Ya me voy, ya tengo las batas limpias. -Decía mientras levantaba su cesta de batas (y algo más) y se dirigía torpemente a la puerta. Mientras enfilaba la puerta de salida, la celadora la detuvo.
-Espera, ¿qué tienes ahí? -Susana se paralizó por completo, de hecho, su corazón dejó de latir unas décimas de segundos para iniciar sus latidos más rápido de lo normal y su color, pasó de rosado a blanco.
-¿Dónde? - Fue lo único capaz de articular.
-Aquí - Sonríe la celadora mientras se acerca a su pelo para quitarle una pelusilla creada por el polvo del lugar. -Aish, con esos críos te metes en cualquier lado a jugar y descubrimos que algunas no hacen bien su trabajo -dice y ríe con sarcasmo. -Vuelve con los chiquillos, anda, que te estarán esperando. - Y es entonces cuando le dedica una sonrisa verdadera.
-Gracias -pronuncia Susana con una risa nerviosa y aliviada. -Bueno, pues me marcho. Que tenga buena tarde.

Susana recorría el pasillo de vuelta al ascensor. Seguía estando intraquila por lo que llevaba bajo las batas. ¿Cómo iba a sacarlo del hospital? En su mochila. Pero tenía que buscar la forma de poder guardarlos sin que nadie la viese. No, sin que Miguel la viese.
Iba sumida en sus pensamientos y no vio venir al susodicho por el pasillo.
-¡Cuidado! -La única palabra que pudo salir de la boca de Miguel antes de que Susana chocara con una silla de ruedas mal dejada.
Susana no llegó a caerse ante el grito de precaución de Miguel, pero sí que tropezó y cayeron sus batas, y lo que había escondido, al suelo.
-¡Joder, joder! - Era lo único que atinaba a pronunciar Susana, mientras recogía corriendo todos los papeles. Menos mal que  estaban bien grapados y no se han desparramado aún más, aunque eso era, ahora, lo que menos le preocupaba. Temía que alguien hubiese visto qué papeles eran o, al menos, haber reconocido el color marrón de las carpetas clasificatorias del hospital.

Miguel se acercó a ayudarla.
-Susana, tranquila, nadie se ha dado cuenta de que llevas informes. Es un hospital y la gente está atenta a otras cosas. -Susana paró en seco, lo último que dijo ni lo escuchó. Miguel terminó de guardar los informes en las carpetas, desordenados, y los metió bajo las batas. Susana, seguía paralizada. Levantó poco a poco los ojos en busca de la mirada inquisitiva de Miguel. Pero solo encontró serenidad y, estaba claro, duda.
La joven intentó pronunciar algún tipo de escusa o explicación, pero no atinaba a hablar. Miguel la ayudó a levantarse y le dijo: - Vamos a tomar algo fuera y me cuentas. -A Susana le ponía nerviosa la sonrisa de complicidad que le mostraba en ese momento. 

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