miércoles, 2 de diciembre de 2015

Capítulo 12

Las puertas del ascensor se abrieron ante el oscuro y frío pasillo. Solo había puertas metálicas, de un gris triste y dejado. Una de las muchas puertas metálicas sería la que le abriría paso a su maravillosa aventura. Maravillosa por darle una calificación, porque no tenía nada de eso. Al igual que, una de las muchas puertas que se encontraban ante sus ojos, era la puerta de salida de su padre de la cárcel. 
El problema era que una de esas muchas puertas la aterrorizaba. Con las batas de los pequeños entre sus manos a modo de escudo (como si eso fuese a hacer algo ante alguien al que le diese por despertarse de su eterno descansar) abandonó el amplio espacio luminoso del ascensor.
-¿Por qué este pasillo tiene que estar tan oscuro? Parece que lo hacen a posta...Si aquí nadie se va a despertar. Espero.

La puerta del ascensor se cerraba tras ella, dejándola sola y abandonada en aquel oscuro y frío pasillo. Susana respiró hondo y avanzó por el siniestro corredor en busca de su puerta metálica. Se sentía como Alicia en el laberinto de la Reina de Corazones. Mientras avanzaba, leía las placas que había sobre los quicios de las puertas. 

El corazón le latía a 100 por hora, como si lo hubiese fabricado Ferrari: de cero a cien en décimas  de segundos. Sentía como la vena del cuello le palpitaba, fuertemente. Parecía que le iba a estallar de un momento a otro. ¿Nervios? Puede ser. Nunca se había colado en el archivo de un hospital. ¿Miedo? Probablemente. ¿Miedo a los cuerpos inertes de la morgue o de que alguien descubra el verdadero motivo por el que está ahí abajo? 
Detrás de Susana sonó el crujido de las poleas del ascensor tirando de la caja hueca.

Susana se arrepentía, y mucho, de haber prometido al abogado que lo ayudaría. Pero no podía dejar que su miedo se interpusiese en su misión. Sabía que su padre se lo agradecería y, además, se lo debía.

El pasillo cada vez se le hacía más largo, cuando realmente solo tenía unos metros. Veía todas las puertas iguales, que lo eran, pero aún así nunca encontraba la suya. Iba leyendo cada una de la placas informativas que hay sobre las puertas: lavandería, almacén, cuarto de contadores, morgue... Morgue, morgue, leía absorta mirando la placa. Sus pies estaban paralizados ante esa puerta, quietos. Su cerebro ordenaba a sus pies que caminaran, pero los pies no obedecían. Estaban congelados. Un fuerte estruendo de poleas sacó a Susana de su ensimismamiento haciendo que la cesta con batas se cayese al suelo con un ruido sordo.

Pegó un bote del susto y no puedo evitar que se le escapara un grito. Se tapó la boca con las manos para decirse así misma que se callara. Recogió las batas del suelo y las volvió a colocar en la cesta. Miró a ambos lados del pasillo, echó un último vistazo a la venta de la morgue y siguió leyendo placas.

'Archivo', reflejaba en la placa de la penúltima puerta del pasillo. Solo llevaba unos dos minutos en ese corredor, pero parecía que llevaba una eternidad. Respiró hondo, cogió la cesta con una mano mientras que con la otra asía el pomo de la puerta. Lo giró lentamente. La puerta crujió, pero no se abrió.
-¡Mierda! -No pudo reprimirse. -¡Qué tonta! Por qué iba a estar abierto el archivo.

Susana se quedó sin ideas. ¡Qué tonta! Pensaba que con ir y tirar del pomo iba a ser suficiente, que una sala tan confidencial iba a estar abierta para ella por que sí. Sabiendo que la situación no había cambiado mucho después de 2  minutos, volvió a tirar del pomo de la puerta. Pero esta vez...esta vez sí se abrió. No sabe cómo, no sabe qué hizo, solo sabe que se abrió.

El corazón volvía a latirle con fuerza. Dejó la cesta con las batas en el suelo, al lado de la puerta y la empujó suavemente. La puerta chirrió y Susana entró con cuidado. -¿Hola?- shh, se dijo ella misma al darse cuenta de lo que acababa de hacer. -¿Quién piensas que te va a responder? ¿La autopsia de tu abuela? - se regañaba en voz baja así misma. Se dirigió al centro de la sala. ¿Por dónde empiezo? Se preguntó. Resopló y se puso manos a la obra. Nunca había leído tan rápido. Parecía que había pasado una eternidad, cuando solo habían pasado cinco minutos. Y ahí estaba, el archivador con la fecha de la muerte de su abuela y de la A a la F. Buscó el apellido de su abuela, Castell Ruiz.
-¡Si! -No pudo contener el grito, pero se le pasó de inmediato cuando se acordó dónde estaba y qué estaba haciendo. De pronto, sus ojos se fueron directos a otro archivador: Fuentes. El corazón le dio un vuelco, al ver el apellido de su madre. -Mamá. -Gimoteó Susana, pero cuando leyó el siguiente apellido, sus ojos expresaron más que sus palabras: Fuentes Ruíz, Isabel.
Susana cogió el archivador y lo abrió. Sus ojos se abrieron más que nunca, parecían enormes, como vistos con una lupa y empezaron a llenarse de lágrimas. ¿Por qué? Susana no entendía nada.

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