sábado, 26 de diciembre de 2015

Una nueva oportunidad

Ella, de pronto, dejó de llorar. Ya no le encontraba sentido a las lágrimas. Antes, al menos, le ayudaban a consolarse, pero ahora, ahora, ya estaba todo perdido. Se levantó del sillón, secó sus lágrimas, le dio un beso en la frente y salió por la puerta principal de casa. Esa última imagen quedó grabada en la retina de Gabriel. 

Mientras Lucía caminaba, con lágrimas en los ojos, otra vez, repasaba mentalmente todo lo que había ocurrido que le habían hecho llegar a la situación en la que se encuentra. No se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, estaba sumida en sus pensamientos. Cada vez que recordaba, nuevas lágrimas brotaban de sus ojos enrojecidos. 

Sabía que no lo había hecho bien, pero no conseguía nada con martirizarse. Se dice que cuando falla algo en una pareja es culpa de uno, pero no tiene por qué ser así. Lucía solo sabía llorar, aunque no le servía de nada. Solo lloraba y lloraba. Gabriel se había quedado sentado en el sillón, no había ni pestañeado, tampoco se esperaba que esto fuese a pasar. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

Capítulo 13

Susana, con lágrimas en los ojos, no podía leer con claridad. Se restregaba las pequeñas gotas saladas por la cara y parpadeaba varias veces seguidas para intentar creerse lo que estaba leyendo. Escuchó el crujir de las poleas del ascensor. Secó, corriendo, sus lágrimas, guardó los dos archivadores bajo las batas, aún sucias, de la cesta y cerró la puerta. Fue corriendo hasta la lavandería, dejó las batas sucias y puso unas limpias. Los archivadores seguían al fondo. 

Una celadora entró en la lavandería con una canasta de toallas sucias que se precipitó al suelo cuando la celadora pegó un bote al ver que había alguien en la lavandería. Pero no fue, la única. Susana también se asustó. Ninguna esperaba encontrar a nadie, además, Susana se hubiese asustado hasta con el vuelo de una mosca. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Capítulo 12

Las puertas del ascensor se abrieron ante el oscuro y frío pasillo. Solo había puertas metálicas, de un gris triste y dejado. Una de las muchas puertas metálicas sería la que le abriría paso a su maravillosa aventura. Maravillosa por darle una calificación, porque no tenía nada de eso. Al igual que, una de las muchas puertas que se encontraban ante sus ojos, era la puerta de salida de su padre de la cárcel. 
El problema era que una de esas muchas puertas la aterrorizaba. Con las batas de los pequeños entre sus manos a modo de escudo (como si eso fuese a hacer algo ante alguien al que le diese por despertarse de su eterno descansar) abandonó el amplio espacio luminoso del ascensor.