lunes, 9 de marzo de 2015

Capítulo 11

-¿Susana? Susana, cariño ¿estás arriba? -Llamaba Ainhoa a su sobrina desde la escalera con el teléfono en la mano. -Lo siento, Susana no está en casa, aún no ha llegado de estudiar. -Le decía a la persona que aguardaba tras el teléfono.
-Bueno, no importa. Gracias. -La voz del Sr. Castel sonaba bastante triste al otro lado de la línea telefónica.
-¿Se encuentra bien? Ya sé que las cosas no están bien, pero su estado de salud es delicado y no querría cargar con su muerte a mis espaldas. -Intentó ser agradable y simpática, pero el Sr. Castel no lo percibió. 
-Tranquila, Ainhoa. No hace falta que finjas que te preocupas por mi. No cargaré ninguna muerte a nadie más. Bastante ya he hecho. Gracias. Volveré a llamar en otro momento. -Colgó dejando a Ainhoa con la palabra en la boca. 
-De nada. -Contestaba a un teléfono que ya no sonaba y con cierta burla.

Aitor había ido a visitar a Raúl para informarle de alguna que otra novedad, pero sin mencionar que su hija estaba ayudando. Estaba tenso y un poco intranquilo. No había sido buena idea tomarse esa café antes de la visita. Lo había puesto más nervioso aún. En ese momento, Susana debería estar en el archivo o, al menos, llegando a él. Sabía que la joven había aceptado para ayudar a sacar a su padre de la cárcel y que no se había parado a pensar bien el riesgo que podría correr. De todas formas, no podía hacerlo él. Ella, seguro, que ha levantado pocas sospechas. Sin embargo, él hubiese sido el punto de mira de todos.

        Estaba sumido en sus pensamientos cuando el guardia abrió la puerta de la sala de visitas. Era una sala fría, de color gris y con una mesa y dos sillas, una a cada lado de la mesa. En la misma pared donde se encontraba la puerta, había un gran espejo que, a su vez, era una ventana para los que se encontraban al otro lado. Se podía decir que más que una sala de visitas, era una sala de interrogatorio. Pestañeó para volver a la realidad y dejar sus pensamientos por unos minutos, y así prestar atención a su amigo. Parecía cansado, más viejo que la vez anterior y mucho más pálido. Aunque nunca había sido de piel morena, Raúl tenía un aspecto fantasmal.
-Buenas tardes, Aitor. ¿Traes novedades? -Saludaba y preguntaba Raúl con la voz ronca.
-¿Te encuentras bien? Se te ve mal. Se te ve igual que la noche de la fiesta de graduación. -Sonreía Aitor mientras le decía con cierta sorna a Raúl.
-Jajajaja, pero esa vez era por la borrachera. Esta vez es por un resfriado. Lo cogí hace una semana y no se quiere separar de mi. Aunque no lo parezca, estoy bastante mejor. Esta mañana vino el doctor a verme y mandarme algún que otro medicamento.
-Ya veo que el humor, al menos, no se ha ido. Pero tranquilo, mi visita será corta para que puedas descansar. Solo venía a decirte que ya he empezado a mover hilos para sacarte de aquí. En cuanto tenga el acta de defunción de tu suegra y el documento de su autopsia, empezaré a investigar y le pediré al juez que abra el caso. Pero hasta que no tenga esos documentos no puedo hacer nada. Lo que si podemos ir haciendo es rezar para que no te toque el mismo juez que la vez anterior. Ese viejo cascarrabias sigue manteniendo cierta amistad con tu suegro. En el caso de que tengamos tan mala suerte, pues habrá que apelar a la imaginación y desbancar esa amistad. ¿En serio que estás bien? Te noto ido. -Preguntó Aitor al ver que su amigo tenía la mirada perdida en alguna pared de la sala y solo asentía.
-Si, si. Las pastillas, me atontan. Vale. Estoy en tus manos. Solo espero que esta vez no me falles.
-Por supuesto. Cometí el error una vez y no me lo perdono. No lo volveré a hacer. Ya te dejo que descanses. En cuanto tenga alguna novedad, vendré. Y mejórate.
-Gracias. Aitor, ¿puedo pedirte algo?
-Sí, claro.
-No dejes que Susana se meta en líos, por favor. Y dile que la quiero.
-Está bien. -Aitor asintió a esta petición sabiendo que la muchacha ya estaba metida en un lío, y por su culpa.

        Nada más salir del centro penitenciario, encendió el teléfono y llamó a Susana.
-Vamos, cógelo, cógelo. -Pedía en un susurro mientras escuchaba los tonos de llamada.
-Hola. Ahora no puedo atenderte. Dime lo que sea tras el pitido. Ciao.
-¡Mierda!
Se metió en el coche, se abrochó el cinturón y posó su manos sobre su cara. ¿Qué haría ahora? Ir al hospital y preguntar por ella no era un buen plan. Tampoco podía ir a casa de Susana a esperarla sin ponerse nervioso. Y trabajar en ese momento, tampoco podía. Su cabeza estaba en el hospital, concretamente en el subsótano del hospital.
-¡Mierda! -Volvía a repetir,
Decidió ir a casa de la joven. Ya pensaría la excusa por el camino. Tenía como una hora para pensarlo con calma. Aunque calmado no estaba.

        El camino había sido más largo de lo que pensaba. No había sido culpa del tráfico, ni de su coche. Sino que había conducido más lento de lo normal. No quería llegar a esa casa. Su excusa no era creíble y seguro, seguro, que Ainhoa se daba cuenta de que algo pasaba. Aparcó el coche ante la puerta de la casa, paró el motor y apagó la radio. En ese momento sonaba Highway to hell de los AC/DC. Y la verdad era que el camino a casa de Susana había sido un verdadero infierno. Antes de salir del coche volvió a coger el teléfono: Susana no había llamado. Marcó su número y la volvió a llamar. Al cuarto tono:
-Dime. -Contestó la voz femenina al otro lado de la línea.
-¡Susana! -Aitor no puedo contener el alivio al oirla y dijo su nombre a voces.
-Aitor, ahora no puedo hablar. Estoy con los pequeños. Nos vemos en un rato en tu oficina.


1 comentario:

  1. ¡Holaaa Sandra!
    Para premiar tu fantástico blog tengo el placer de comunicarte que te he concedido unos cuantos premios en una entrada muy especial publicada en mi blog :) Cuando quieras puedes pasar a buscarlos:

    http://donde-los-valientes-viven-eternamente.blogspot.com.es/2015/04/100000-visitas-superadas-en-el-blog.html

    ¡Un beso muy grande!

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