jueves, 19 de febrero de 2015

Capitulo 10

Susana se dirigía al hospital después de su sesión de estudio matutina. Una cosa era que llevase el examen más o menos preparado, y otra cosa era que no repasase. Quería sacar a su padre de la cárcel, pero tampoco quería tirar sus estudios por la borda. Quería terminar su bachillerato e ingresar en la facultad de Humanidades. Siempre había sentido pasión por las letras y después de lo que había pasado su padre, quería adquirir el conocimiento suficiente para escribir su historia.
Durante su paseo (pues iba más lento de lo normal, como queriendo demorar su llegada al hospital) repasaba mentalmente todo lo acordado con Aitor en su despacho. Cuando se vino a dar cuenta ya se encontraba ante la puerta de entrada del hospital.
-Hombre, Susana ¿tú por aquí? -La amable recepcionista la saludaba desde la puerta. 
-Hola, Carmen. Sí, necesitaba despejarme un poco del estudio. Estaba ya un poco agotada mentalmente. -Al final tuvo que mentir. Eso de pasar simplemente sonriendo, firmar y ya está, no pudo ser. Si Carmen hubiese estado en su puesto de trabajo...
-Es lo mejor que puedes hacer, cariño -Carmen tan amable y agradable como siempre. -Despejarse te ayuda a memorizar luego más rápido. Así que descansa y ánimo. -Sonrió Carmen.
-Pues si. Gracias por los ánimos, Carmen. Voy dentro, a ver a mis niños. -Le daba cosa cortar así a la pobre recepcionista que sabía sonreir cálidamente tras pasar tantas horas en el hospital. 
-De acuerdo, Susana

        A Susana le impresionaba esa mujer. Siempre sonriente, siempre tan amable y atenta. Se sabía el nombre de todos los enfermeros, celadores y doctores del hospital. Su memoria era asombrosa. Le había dado reparo tener que mentirle. La cara de Susana reflejaba nerviosismo y preocupación. Sujetó el pomo de la puerta, cogió aire y abrió la puerta a la vez que mostraba su sonrisa. 
-¡Hola, pequeños! -Saludó Susana a los niños del área de oncología. -¿Me habéis echado de menos? Seguro que no. 
-¡Hola! -Saludaron todos al unísono dejando de lado sus manualidades. 
-Hola, soy Susana. -Saludaba y adelantaba su mano para dársela al joven que miraba a los niños sonriente por la reacción ante la entrada de Susana. 
-Hola. Miguel. No sé porqué, pero había supuesto que eras tú. Desde que empecé la sustitución los chiquillos no paraban de preguntar por ti. Y ya, por fin, te conozco. 
-Sí. Puedo imaginar la tabarra que te habrán dado, pero no podía venir por exámenes. Gracias por sustituirme.
-Es un placer. De todas formas, yo trabajo aquí. En realidad, eres tú la que me sustituyes y me liberas de trabajo.
-Am. -Susana se quedó sin palabras. No supo que responder. ¿Cómo un muchacho tan joven podía trabajar en el hospital? ¿Qué edad tendría? ¿20, 21? Eso no importaba, no había ido al hospital para quedarse con sus niños y, mucho menos, a flirtear con Miguel. -Perdona mi ignorancia. Y sin parecer borde, o esquiva, voy a ponerme con los niños.

        A Miguel le llamó mucho la atención la seriedad de Susana durante la primera media hora de juegos. Sí, Susana sonreía, pero no era un sonrisa verdadera, de corazón. Era una sonrisa forzada y tensa, que mostraba alguna preocupación que recorría la mente de la joven. Pensó que sería por los exámenes. Quería conocer más a Susana, pero no dentro del hospital, pero no como su sustituta.
-Susana, perdona ¿haces algo después del voluntariado? Hay por aquí cerca una cafetería muy barata y había pensad...
-Lo siento, Miguel -Susana cortó rápidamente y con su falsa sonrisa -Estoy de exámenes y he de seguir estudiando después.
-Claro. Se me había olvidado.
Susana notó la desilusión en el rostro del joven enfermero. Se sintió mal, le dio remordimiento, pero no podía salir con él. Tenía que centrarse en el plan. Tenía que cumplir su misión.
-Hoy no puedo, Miguel. Pero cuando acaben los exámenes te acepto esa invitación. -Era lo menos que podía hacer sabiendo que en unos minutos se iba a escabullir. Y le sonrió.
-Está bien. Te acepto la oferta. -Afirmó felizmente. Y cada uno volvió a lo suyo.

        A los cinco minutos, después de la petición de Miguel, Susana se excusó un momento. Iba por el pasillo del hospital, hacia el ascensor, temblando. Al abrirse las puertas de este, una enfermera seria y robusta se encontraba en su interior, acompañada de un enfermo en silla de ruedas.
-Buenas tardes. -Saludó Susana, educadamente.
-Buenas tardes. -Replicó la enfermera con pocas ganas de contestar. El enfermo se limitó, simplemente, a sonreir.
Susana pulsó el botón SS (subsótano), sonriente, mientras la enfermera la miraba con cara de pocos amigos. Pero la joven había sido lista: llevaba una pequeña cesta con varias batas infantiles llenas de pintura. En esa planta, además del archivo, también estaba la lavandería y la morgue. Morgue. Esa palabra resonaba en la cabeza de Susana como si marcase el ritmo de un tambor o el de su propio corazón. Había visto esa sala muchas veces en la tele, pero sabía que de ahí no iban a salir. Ahora, ella tenía que pasar por delante de la puerta de una, una de verdad.
-No te va a pasar nada cuando pases por ahí, Susana. Están muertos. Y hay que temerle más a los vivos. -Le había dicho Aitor al verle la cara de miedo cuando le dijo que tenía que pasar por la puerta de la morgue. Y eso era lo que escuchaba ella en su cabeza en ese mismo instante, en el ascensor, al lado de la enfermera rancia.
Las puertas del ascensor se volvía a abrir. Esta vez para que entrara un celador con una camilla ocupada por una joven embarazada. Pulsó el botón del tercer piso. La joven sonreía nerviosa, la llevaban al paritorio. Su bebé quería salir. La camilla invadía dos cuartas partes del ascensor, una cuarta parte estaba ocupada por la silla de ruedas y su enfermera. Susana, pegada a un lado, era la que menos hueco ocupaba. Le sudaban las manos y su sonrisa era temblorosa, puede que por los nervios o porque era forzada. O por ambas. La puerta se abrió nuevamente. La joven de la camilla salía por ella empujada por su celador, mientras se le escapaba un gritito de dolor. La enfermera miraba a Susana de arriba a bajo y con cara de pocos amigos. La puerta se volvió a abrir. Esta vez era la silla de ruedas la que se desplazaba hacia el exterior del cubículo. El enfermo se despidió de Susana; sin embargo, la enfermará se limitó a pronunciar un sonoro 'jum'.

        Estaba sola. Estaba sola en ese, ahora frio, ascensor. En su mente las palabras de Aitor daban vueltas y se mezclaban como los ingredientes de un bizcocho en el vaso de una batidora. No se acordaba de lo que tenía que hacer primero. Se había olvidado por completo de la puerta de la morgue cuando el ascensor paró en seco y se abrió. Ahí estaba el pasillo. El oscuro y frío pasillo.
-¿Por qué tiene que parecer que estoy en una película de terror? Un poquito de luz no vendría nada mal. -Replicaba Susaba en susurros, como si alguien la pudiese oír, a la vez que salía del ascensor. Las puertas hicieron un ruidoso sonido para cerrarse que hicieron a Susana pegar un bote del susto. Al menos no se le escapó un grito. Ahora sí que estaba sola. Sólo oía las máquinas de lavandería, sus pensamientos y su respiración agitada. Cogió aire y empezó a andar.


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