lunes, 1 de diciembre de 2014

Capítulo 2

     



        Susana se dirigía al despacho del abogado para ver cómo iba a actuar tras haber leído la carta. Emocionada y triste a la vez, Susana tenía que mantenerse fuerte. Se lo debía a su madre y, ahora, tenía que hacerlo por su padre. Con solo dieciséis años tenía que afrontar sola todo lo que se le venía encima. Bajo la tutela de su tía Ainhoa, hermana de su padre, Susana seguía viviendo en la casa donde se había criado, no quería abandonar ni un solo recuerdo. Además, era la casa de su padre también y quería conservarla para cuando Raul volviese.



        Tras la puerta del despacho del Sr. Santos no se escuchaba nada, pero Susana tocó la puerta suavemente con los nudillos.
-Pase.
-Buenos días, Sr. Santos.
-Buenos días, Susana. ¿Qué te trae por aquí? ¿Teníamos una reunión concertada?
-No...-Susana miró perpleja al abogado. Sinceramente, no era la reacción que ella esperaba ante su llegada y tras la lectura de la carta. -Vengo para saber cuando vamos a empezar a movernos para sacar a mi padre de la cárcel.
-¿Sacar a su padre? ¿Por qué habría de ayudarlo si yo contribuí a encerrarlo?- Ahora era el abogado quien tenía la cara de asombro.
-Yo pensé que después de leer la carta, usted se daría cuenta que se cometió un error hace tiempo.
-Pero yo no he leído la carta, Susana. Ni siquiera la tengo ahora mismo.
-¿Cómo que no tiene la carta? Si yo se la dí en mano. 
-Lo siento, Susana, pero su abuelo vino y me la pidió.
-¿Le dio la carta a mi abuelo? 
-El señor Castel pidió la carta de su hija difunta, por supuesto que se la dí. ¿Por qué habría de negarme? 
-Pero yo le pedí que no se la diese a nadie. Tenía que haberla leído... -Una lágrima de rabia e impotencia caía por la mejilla de Susana. Ahora se sentía más perdida que nunca.
-Me disponía a ello cuando su abuelo llegó. Estuvimos hablando un rato y me dijo que te había visto salir de mi despacho y quiso saber qué hacías aquí. Le conté lo de la carta post mortem de su hija Isabel, o sea, tu madre y me pidió que se la entregase, que quería leerla. Así que se la entregué.
-Necesito pedirle un favor, Sr. Santos.
-Claro, dime.
-Necesito acogerme al programa de protección de testigos.

        Después de la petición, el despacho del abogado quedó en total silencio. No se escuchaba el más mínimo ruido. La expresión del abogado se puso sombría. En su mente empezaron a dar vueltas miles de teorías preguntándose porqué la señorita Susana le había hecho esa petición.

------------------------------------------------------*---------------------------------------------------------------

-Sí, tengo la carta.- Tras esta declaración, se escuchó una voz nerviosa y atascada al otro lado del teléfono. -Tranquilo, no ha llegado a leerla. -Un llanto lastimero en el auricular del teléfono puso nervioso al Sr. Castel. -Shhh. No llores, no pasará nada. En un rato voy por ti para llevarte a cenar. Adiós. -Una despedida amorosa y familiar llegó por el cable telefónico. -Yo también, hijo.

        El Sr. Castel colgaba el teléfono y echaba mano al bolsillo para comprobar que la carta seguía ahí. Desde la muerte de su hija Isabel no había descansado bien. Estaba preocupado por su nieta, necesitaba hablar con ella, pero no sabía cómo acercarse: estaba seguro de que Susana había leído la carta. Ainhoa, hermana de Raúl, una solterona sin hijos, se había mudado allí con ella. Con esa mujer allí viviendo, estaba más complicado aún el hablar con su nieta. Volvió a tocar su bolsillo. Ahí seguía la carta. Se levantó del sillón, cogió su abrigo y salió de casa.

        Aunque sabía que perdía el tiempo, pasó por casa de su nieta. Al volver la esquina vio un coche de policía aparcado delante de la ventana del salón. El gesto de su cara se quedó sin expresión. Se calmó así mismo. Se decía que no deberían de saber nada si no habían ido a buscarlo a su casa. Estuvo escondido mirando y pudo adivinar la silueta de Susana tras la cortina. Quería hablar con ella, quería contarle las razones que lo llevaron a hacer todo lo que hizo. Por el momento, se mantendría alejado de esa casa.

        Después de unos minutos, decidió acudir a la cita que tenía con su hijo. Volvió la espalda a la casa y se marchó sin mirar atrás. Le dolía. Todo lo que había hecho le dolía, pero lo había hecho por una buena razón: era su hijo. Isabel también era su hija, su pequeña y la quería, pero tuvo que hacerlo. Recordar dolía, mucho, pero ahora tenía que ser fuerte por él, por su hijo. No había hecho todo lo que había hecho hasta el momento para tirarlo todo por la borda. Ese pensamiento de culpabilidad y esa sensación de que las cosas estaban bien hechas ocupaban siempre sus pensamientos, batiéndose entre ellas.

        Cuando llegó al lugar acordado, allí estaba él: inquieto, mirando a todos lados y frotándose los brazos con sus manos. Suspiró y caminó hacia el hombre del banco con una falsa sonrisa. Se tocó el bolsillo y ahí seguía.
-¿Llevas mucho tiempo aquí? -Preguntó el Sr. Castel poniendo una mano sobre el hombro de su hijo.
-No, papá. Acabo de llegar. ¿La tienes ahí? ¿La tienes? ¿A ver? ¿Puedo?
-Tranquilo, Esteban. Tranquilo. Está aquí en mi bolsillo. Entremos al restaurante, que aquí hace un poco de frío.
-Vale, papá. Yo la quería. Lo sabes, ¿verdad? Yo no quise hacer.... -balbuceaba Esteban entre sollozos.
-Shhh. - Lo cayó el Sr. Castel mientras lo abrazaba para consolarlo. -Lo sé, hijo. Lo sé.


        

     


No hay comentarios:

Publicar un comentario