jueves, 18 de diciembre de 2014

Capítulo 5

       El Sr. Castel fue trasladado de inmediato al hospital. Susana acompañó a su abuelo, no lo dejó solo. Le había hecho mucho daño, pero era su abuelo. Estuvo más de veinticuatro horas en observación y, tras varias pruebas, fue trasladado a una habitación. Durante el tiempo que estuvo el Sr. Castel ingresado, Esteban estuvo todo el rato en el hospital, no quería separarse de su padre. Susana lo visitaba a la salida del instituto un rato y luego volvía a la hora de la cena acompañada de su tía Ainhoa. 

martes, 16 de diciembre de 2014

Capítulo 4

        La cena le sentó mal al Sr. Castel y no podía dormir. Sin embargo, a Esteban se le oía roncar en su habitación. Las letras de la carta de Isabel daban vueltas en su mente. Una y otra vez. Sentía rencor hacia su difunta hija por confesar. Desde que conoció a Raul supo que su hija no iba a ser la que siempre había sido. Se había dejado llevar por él. ¿O era él mismo quien había cambiado y no vio las cosas con claridad? No. Fue su hija.

Capítulo 3

      Esteban se crió como todos los niños de la época en la que nació: jugando en la calle. Era un chico sonriente, amable y, sobre todo, educado. Era el ejemplo que usaban todas las madres para los chavales malotes de la vecindad. Sus padres y su hermana pequeña siempre tenían palabras de amabilidad y de orgullo para él. Un mañana, cuando se dirigía al instituto, un coche se cruzó en su camino.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Capítulo 2

     



        Susana se dirigía al despacho del abogado para ver cómo iba a actuar tras haber leído la carta. Emocionada y triste a la vez, Susana tenía que mantenerse fuerte. Se lo debía a su madre y, ahora, tenía que hacerlo por su padre. Con solo dieciséis años tenía que afrontar sola todo lo que se le venía encima. Bajo la tutela de su tía Ainhoa, hermana de su padre, Susana seguía viviendo en la casa donde se había criado, no quería abandonar ni un solo recuerdo. Además, era la casa de su padre también y quería conservarla para cuando Raul volviese.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Capítulo 1

     




        Una mañana más, como todos los días desde hace seis años, Raúl se levanta de la cama a eso de las ocho. Se asea, desayuna, saluda a unos cuantos vecinos y se dirige al taller donde trabaja. Es alfarero y su especialidad son los grandes jarrones muy bien decorados. Para la hora del almuerzo ya tenía dos jarrones cociéndose y uno a medio decorar. 

        Vuelve por el mismo camino que había tomado esa mañana -el mismo de todos los días-, saluda a otro par de vecinos, come algo y se mete en su cama. La hora de la siesta, su hora favorita. Mientras otros prefieren dormir, él aprovecha para leer. Su libro favorito es la Ilíada. O eso, o es el único que tiene encima de la mesita de noche, ya que lo ha releído unas ochenta veces. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Relato de presentación


Aquí os dejo el primer relato que escribí, como presentación de mi blog. Es un cuento infantil, con una pequeña enseñanza. Espero que lo disfrutéis.



          La anciana se encontraba sentada en su mecedora, el trono de la abuela como la llamaban sus nietos. Era una mecedora de mimbre, blanca, brillante. La mecedora se encontraba junto a la ventana, la única conexión que había entre el exterior y la anciana. La anciana solía sentarse, como todas sus tardes, en esa mecedora para ver el atardecer, pues tenía una visión perfecta del mismo. Pero esa tarde llovía y el cielo estaba gris, triste. El tiempo quería acompañar a los acontecimientos que habían ocurrido ese mismo día.

          La anciana, por no perder la costumbre, se sentó en la mecedora, pero esta vez para ver llover. Las pequeñas gotas de agua golpeaban el alfeizar de la ventana rebotando hacia el interior de la casa. El tintinear de las gotas que se estrellaban en el cristal, llevaban a la anciana a cerrar los ojos y a acompañar son su dedo índice el compás: tín, tín, tín...

        La noche empezaba a caer al mismo ritmo que lo hacía la lluvia. Sofía, la nieta más pequeña se sentó a sus pies y le pidió que le contara la historia de siempre: la princesa pobre y el caballero.

-Erase una vez... -comenzaba Sofía – Erase una vez –continuaba la abuela mientras sonreía – una princesa pobre llamada Elena. Era una princesa pobre porque aunque tenía todo lo que una princesa puede desear: palacios, vestidos de diversos tejidos y colores, perfumes…no tenía el amor de un príncipe. Cantidad de emisarios de otros reinos habían llegado hasta su palacio para pedir su mano en nombre de sus reyes. Ella no quería eso. Ella no quería un amor falso. Ella quería sentir que la querían.
Pasaron los días, los meses… La princesa, cansada de buscar, decidió que el próximo emisario que llegase a su palacio saldría de él con una fecha de compromiso. Un día de verano, antes de la caída del sol, llegó un lacayo al palacio de la princesa pobre. El buen hombre pedía auxilio para su señor que había sido herido por una banda de salteadores. La princesa, sin dudarlo un momento, ordenó a sus lacayos que trajesen al caballero hasta sus aposentos.
Elena acercó su mecedora blanca hasta el ventanal, el cuál abrió para que entrara el fresco de la noche que comenzaba a llegar. Los sirvientes colocaron al caballero en la mecedora por orden de la princesa. Estaba bañado en sangre, y en fiebre. La princesa no se movió ni un solo momento del lado de aquel caballero: sentía que tenía que estar ahí. Los médicos de la princesa le curaron la herida –no era nada grave, la sangre es muy escandalosa- y le pusieron paños para bajar la fiebre.
Pasaron las horas, y cuando el sol comenzaba a despuntar por el este, el caballero abrió los ojos. La princesa estaba ahí, a su lado, sentada en un cojín y apoyada en el brazo de la mecedora con los ojos dulcemente cerrados. Intentó levantarse sin despertarla, pero el vaivén lo delató. Sobresaltada, Elena se puso en pie pensando que al caballero le había ocurrido algo. Y ahí fue, justo en ese momento, cuando la princesa posó por primera vez su mirada en los ojos del caballero. Elena supo en ese instante que el destino lo había llevado hasta su castillo; el amor aparece cuando menos te lo esperas.

          La anciana hizo una pausa, ya que sabía que Sofía la iba a interrumpir -Abuela, ¿cómo sabía Elena que ese era su amor?- La anciana, acariciando el cabello de la niña, le contestó con la respuesta de siempre y con una sonrisa –Esas cosas se saben, Sofía.
La niña, contenta con la respuesta, dio un beso a su abuela y salió corriendo de la habitación en busca de sus hermanos. La anciana continuaba con la sonrisa dibujada en el rostro; suspiró. Posó sus ojos en el cielo, en el negro cielo. Seguía lloviendo, pero esta vez con más intensidad. Se dejó guiar por el sonido de la lluvia y cerró los ojos…

          Ahora, años después, Sofía  está sentada en el trono de la abuela  recordando aquella tarde y contándole a su hija el cuento de la princesa pobre y el caballero. Y las dos, sonriendo, felices, acaban la historia a la vez como años antes hacía ella con su abuela: -Y es que las cosas, como el amor, aparecen cuando dejas de buscarlas.
¡Hola! Mi intención con este blog, además de que podáis leer mis relatos, es intentar llevaros a otro mundo utilizando las palabras. ¡Pero tenéis que poner de vuestra parte y activar la imaginación! Espero que os guste y lo compartáis con otra gente. ¡¡Un saludito!!